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jueves, 12 de octubre de 2017

Anecdotario de una Opera Prima


Por estos días fue que se cumplió un añito más de la presentación de mi (hasta ahora único) libro, cuyo impronunciable nombre me ha traído una serie de experiencias variopintas, que se pueden esperar cuando se andan haciendo pininos en esto del mundo del autor publicado.

Así que a manera de algo especial porque #aniversario y así, quiero contarles un par de anécdotas sobre la obra en cuestión. Casi casi como trivia de IMDB...Porque ps uno nunca sabe cuándo esos datos inútiles pero curiosos, puedan resultar no serlos.
So, porque nadie los pidió:


  • El orden en el que están los cuentos es en el que fueron escritos. 
  • El primero de los cuentos lo escribí en 2° de secundaria, durante varias clases de historia particularmente aburridas, en lo que sería el comienzo de una obsesión de por vida con el tema. El siguiente fue en la prepa, quizás por tercer semestre; el último fue producto de mis cursiladas de primer año de vida universitaria.
  • Los cuentos están relacionados entre sí de manera casi fortuita; no me di cuenta de que los 3 conectaban sino hasta mucho después de que los escribí, y la neta fue medio extraño...
  • Siempre tuve la inquietud de publicarlos, pero nunca me atreví porque pensaba que debían trabajarse y pulirse más. En una ocasión, durante una velada literaria fue un hombre (el maestro J.C. Reyes), a hablarnos/invitarnos a una nueva editorial que estaba surgiendo, y que si queríamos informes acudiéramos con él. Me le acerqué a consultar mi inquietud, y sin más me citó al día siguiente en un café del centro, junto a otros interesados. No tenía ni pajolera idea qué pedo, pero fui, y descubrí que el señor no se andaba por las ramas y quería gente que EN SERIO quisiera publicar. Nos dijo las tarifas, el proceso, y por último me preguntó " Le entras ¿Sí o No?"....Debo confesar que el libro realmente se publicó porque me dio vergüenza decirle que no.
  • La portada se la debo a dos talentosas y muy queridas amigas mías (Mery y Erzbeth).
  • Hay conocidos míos que creen que uno de los personajes (en particular del 3° cuento), y en general toda la historia, están inspirados en un ex-novio....Y no sé cómo convencerlos de que ni al caso (Dios me libre). 
  • Por otra parte, hay mucha gente que piensa que nombré a uno de los personajes por mi actual pareja... Lo curioso aquí viene a que el cuento (y el personaje), nacieron 4 años ANTES de que yo lo conociera. 
  • Estuve cerca de rajarme a media producción, por culpa de un episodio depresivo, pero me hicieron ver que ninguna depresión valía el dejar un sueño a medias.
  • Ingenuamente creí que la gente sabía qué significaba (o cómo se pronunciaba) la palabra "Impíos". Está de más decir que me equivoqué. 
  • Originalmente el libro iba a llamarse de otra manera, pero a último minuto hubo un problema que involucraba derechos de autor y un libro gringo con una desafortunada traducción que nos había ganado. 
  • Encontrarle otro título fue todo un reto de elegir entre sugerencias que iban desde lo extravagante, lo cliché, hasta lo hollywoodense....Pero cuya resolución se encontró entre las mismas páginas del manuscrito en cuestión. (Le doy un premio a quién me diga a cuál cuento, personaje y página corresponden) ;)
  • Los tres cuentos son sólo un cachito de universo que pasé años escribiendo. Y sí, alguna vez pensé en publicar una 2° parte, pero meeeeh.... a ver qué pasa.


Y en fin, creo que no se me ocurren más datos curiosos, y los que queden en el tintero siempre pueden salir para el año que viene. 
En fin... Agradezco mil a los lectores, no sólo de este blog, sino también a los que le han dado una oportunidad a mis mafufadas vampíricas, y en general a los que me han acompañado, me han abierto puertas y me han tendido manos, en este peregrinaje extraño que una noche lluviosa de octubre se me ocurrió emprender...
                                 (Bonus adicional para quién me diga qué es/qué significa/de dónde viene, ésto) 

domingo, 26 de marzo de 2017

Lo que te conté mientras te hacias la dormida



Spin-Off de Aeternum Fragmenta, de Mar Franco
(Lectura en voz de la autora, hasta el minuto 05:56)


¿Hace cuánto que no duermo como es debido?

¿Hace cuánto que dejé de soñar?

La verdad es que mi vida ha sido como estar parado en medio de la tempestad, ya por tanto tiempo en medio del ruido, del rayo, del azote del viento y de la lluvia, que mi piel se ha muerto; me he insensibilizado del todo.



A veces no recuerdo las voces que me llaman; los cuerpos tibios con los que paso la noche, el sabor de sus venas…Todo conocimiento, de tanto me sabe inútil.

Enamorarse nunca fue para mí. El amor muere junto con ellas. Para ellas el amor muere juntó con un orgasmo. 

Si “amor” es lo que dicen nace en su corazón al verme, el amor que antes recorría sus cuerpos impide ahora que se muera el mío.

Yo no creo en su amor; creo que es la cosa más fútil y voluble del universo. Una consecuencia de las correrías nocturnas, cuando mi hambre se transfigura en algo más que se exuda con las noches… y ellas son las criaturas que ciegas persiguen la química de ese aroma. Su lujuria alimenta la mía. A veces por más de una noche, hasta que ese amor junto con la dueña, se extinguen en la nada…



Esa vil nada de la que escapo noche tras noche; esa que me acosa desde  el día que nací.  La que me invade y me vacía por dentro, moviéndome a llenar esos huecos infinitos con sangre trémula y algo que borre el miedo a morir.



Confieso que sin importar lo vacía de mi existencia, la encuentro divertida, siempre que no piense demasiado en todo lo demás. Vivo por vivir, es una vieja costumbre mía, pero… ¿Para qué es la vida sino para vaciarte en excesos? Vivirla hasta tocar el fondo, ser como si al levantarse el sol todo se volviera cenizas… Y cuando la cantidad de excesos se torna insípida, sólo queda tratar de vivir, para aquellos como yo que es lo único que piden: seguir vivos.



¿Cómo es que entras tú en esta patética historia?

Por accidente debo decir, si soy honesto; pero el cómo te metiste en mi cabeza hasta el punto de ponerme en duda a mí mismo, es algo que no logro resolver. Tal vez deba culpar a tus ojos, como creo que tú culpas a los míos; ojos de Madre Tierra, de tristeza infinita, de virgen olvidada, de divina inocencia… Yo, alma pérdida, quizás vi en esos ojos lo que nunca tuve y nunca supe que buscaba. Me obsesioné con ellos, luego con la idea de verte más allá de sólo mis recuerdos, luego contigo… Y te supe prohibida como fruto de Edén, y la tentación se revolcó en mi mente  con el hambre, la curiosidad y un algo que nunca supe explicarme.



Al principio pensé que me inspirabas ternura, una muy agobiante ternura. Después muy para mis adentros, comencé a sonreírle a tu honestidad, sin importarte prejuicios, criticas, supersticiones; entonces le sonreí a tu valor. Y secretamente comencé a admirar el que alguien tan pequeño tuviera ambas cualidades.

Tu gusto morboso por mi verdadero yo, me confundió desde el primer instante, me asustó incluso. Con el tiempo te comparé con las mujeres que se vendían devotas y enteras a mi mascarada; pero nunca supe el resultado de tal experimento hasta la noche que tu padre me vendió contigo con tal de atraerte bajo su protección.



Tu devastadora e infantil franqueza derrumbaron todos mis muros, provocando que me refugiara humillado por ser débil ante ti, en un fingido desprecio y desinterés. Sé que debía considerarte una molestia, pero no lo sentí así… Eras una bocanada de aire fresco que me negaba a respirar en presencia de otros.



Entonces el aire rompió la última de mis barreras, la de mi verdadero yo. Al tiempo que mi engaño te rompía la ilusión… Ahí estábamos los dos, en un tenso instante: yo ante ti, mostrándote avergonzado lo que no habría dudado en mostrar ante cualquiera, pero el que tú lo supieras me lastimaba. Y tú, con una determinación que rayaba en lo más enfermo, obseso y honestamente puro que jamás hubiera visto.



Tus ojos se derramaban por mi piel, convertidos en rayos de luna, instándome a derramar tu sangre y a derramarme contigo. Habrá quién condene lo que hicimos esa noche, quien lo juzgue malvado, pecaminoso, delirante, violento…Nunca fui nadie para juzgar tus actos, aún ahora, así como nunca me juzgaste. Sobre todo ese momento, lo que menos hicimos fue ser razonables: ahogamos los prejuicios en tus labios, nos juramos en sangre, en carne, en vida y en muerte; admitimos en un frenesí impulsado por el ansia, que la obsesión, la necesidad y el deseo eran mutuos…Tan desesperados como mutuos. Decirlo sobre ti, resulta atrevido, pero fue cierto; que viniera de mí con tanta fuerza me aturdía, que viniera de ti, era tan excitante como sorprendente.



En mi defensa alego que me obligaste a arrancarme el corazón muerto, para luego ver cómo te lo comías. Confieso que la visión de tus piernas, el temblor de tus caderas, el roce tibio de tus manos, cada rincón sangrado y secreto de tu cuerpo, me obligaron a convertirme en tuyo…En un perro, un esclavo, lo que fuera pero tuyo…



 Dado que te reconozco como mi dueña y señora, admito que no podría aceptar jamás ser de alguien más que de ti. Quiero hacerte feliz, por el gusto con que te entregas a mí sin esperar nada, sólo la esperanza de hacerme sonreír…Por ello podría jurarte mi vida inmortal si lo requieres, y a cambio del honesto amor que me profesas, quiero darte mi voto de honestidad pura: jamás podría ser como tú. Me conozco, por ello te digo que quizás llegue un día en que deje de amarte tanto. No puedo prometerte ser fiel porque no he podido serlo ni para mí mismo. Sin embargo, voy a serte leal, hasta la muerte de los tiempos, hasta el infierno mismo si así lo deseas, como el vil perro que soy.

Tal condición parece sentarle a mi faceta cobarde, pues sólo puedo confesarte todo esto ahora que al fin duermes… O que al menos, creo que lo haces.





viernes, 11 de septiembre de 2015

Si Carmilla durmiera

Nomas pa' recordarles, y si no lo saben dejen les cuento, hace ya rato participé en una convocatoria de cuento onírico y nocturno, por parte de la University of Colima (Ucol pa' los cuates), como resultado de ésto el texto que envié ahora forma parte de la pequeña antología Nocturnum vol. 2. (Carita feliz). Texto que comparto aquí abajo y espero les guste.






Si Carmilla durmiera
Mar Franco


Soy una mujer promedio y desesperada. Me casé hace dos años, pero hace meses que mi marido apenas me da un beso… Es obvio que se está revolcando con una de las pirujas con las que trabaja, pero qué más me da, no puedo volver a casa de mi madre con el rabo entre las patas.
Hace dos días entré al bazar de un viejo raro, tenía chuchería y media, decenas de cajas llenas de libros que parecía más bien estar sacando a tirar; revolviendo aquí, allá, encontré un libro, pasta dura, algo grande, tenía por título en dorado carcomido algo como Codex Daemonum: Grimoire du Plaisir. Lo abrí para ojearlo, estaba en inglés con algo que parecía latín, lleno de notas a lápiz (en español, afortunadamente), y cada página parecía contener un grabado que hizo sonrojarme hasta las orejas. El libro era una especie de kamasutra medieval. Quizás podría ayudarme a recuperar la chispa con mi marido. ¿Por qué no? Así que lo compré. Pero para no parecer tan necesitada, tomé otros dos libros al azar y los pagué juntos. El señor ni se molestó en revisar, tomó el dinero y yo salí de ahí.
La verdad es que agradezco no haber pagado más de $100 por ellos, porque mi marido llegó a casa a medianoche, entró a la habitación apestando a perfume barato, se sentó al borde del colchón y sin más ni más, me pidió el divorcio el muy hijo de su… Los vecinos por poco llaman a la policía, pero no los culpo. Yo también lo habría hecho si viera huir a alguien, maleta en mano, de una lluvia de cazuelas y platos.
No salí de casa ni fui a trabajar. Lloré hasta que me cansé y desperté a mediodía; no tenía idea de cómo decirle a mi mamá la noticia, ya que estaba segura de que me echaría la culpa de no poder salvar mi matrimonio. Tratando de no pensar en eso tomé el libro, lo había dejado en el tocador esperando usarlo, comencé a leerlo para no sentir que había tirado dinero a la basura.
La verdad es que mi inglés era muy malo, pero las notas a lápiz explicaban bastante; el volumen era una especie de libro con hechizos de amor, para atraer amantes mediante criaturas algo así como demoniacas. Mencionaban dos en particular, los íncubos y los súcubos; decía que si invocabas a cualquiera de los dos podías obtener noches de placer y un amante por tiempo ilimitado, a lo que entendí después de leer la misma página tres veces, que si utilizaba uno de esos hechizos podía recuperar a mi esposo... o al menos, podría pedirle ayuda a una de estas cosas para vengarme. No era yo el modelo de cristiana devota, pero tampoco estaba pensando correctamente con tanto sentimiento atorado.
Quien había escrito las notas fue muy explícito traduciendo las instrucciones para convocar, listando ingredientes, horas y pasos. Había subrayado con tinta roja una advertencia al invocar una de estas criaturas; parecía haber un costo o que era peligroso, por eso recomendaba mucha precaución y que el ritual se llevase a cabo de preferencia cuando la luna estuviera en cuarto creciente, y esa noche la habría.
Convencida, decidí llevarlo a cabo y salí a conseguir los utensilios necesarios, que para mi sorpresa no resultaron ser nada  fuera de lo ordinario: tiza, velas, un recipiente de cobre, incienso, carbón y seis trozos de tela blanca. De vuelta en casa, dispuse la habitación para el evento, dibujé  lo mejor posible  un círculo con símbolos raros en el piso junto a la ventana (“un espacio donde golpearan los rayos de luna” mencionaba); coloqué las velas, la tela, todo tal y como lo indicaba el libro. Las instrucciones pedían que antes de irse a dormir se recitaran algunas estrofas por cierto tiempo y entonces la entidad solicitada, aparecería atendiendo nuestra petición.
Fiel a las instrucciones, me desvestí, me senté en medio del círculo de tiza a recitar con cuidado las palabras señaladas… tal vez era el vino que había tomado antes de comenzar, pero no sentía miedo, ¿eran criaturas del amor, no? No eran demonios en sí, así que no era como si estuviera vendiendo mi alma o algo por el estilo. Treinta minutos después, comencé a sentirme cansada, así que me fui a la cama, esperanzada por ver si todo ese circo iba a servir de algo además de hacerme ver como estúpida.
No sé si era por el hechizo, el alcohol o todo junto, pero la cama parecía una nube que me arropaba completa, meciéndose para hacerme descansar más profundo. Cuando estuve perdida en la cuna de Morfeo, alguien subió a esa nube conmigo, sentí el colchón hundirse bajo el peso ajeno; con cuidado y poco a poco el nuevo viajero se acercó hasta mí.
Pronto una piel cálida hizo contacto con la mía, recorriéndola cuesta arriba por mi pierna, pero me sentía tan cómoda, tan extrañamente bien, que no hice el menor intento de detener al recién llegado, a su piel sedosa y manos delgadas de largas uñas que empezaban a producirme calor sofocante.
Fue imposible detener la boca carnosa que bordeaba lugares hace mucho inexplorados, dejándome las piernas temblorosas de anticipación. Estaba inmóvil, a su merced, aun así atraída como insecto a la luz.
Claramente distinguí en su frente dos objetos ásperos y duros, pero no me importaba en tanto sus pestañas siguieran haciéndome cosquillas en su camino más allá del ombligo… Abrí los ojos alertada por un mordisco en un área sensible, todo era nebuloso, incendiario, con la sombra lunar bailando en las paredes; no podía levantar la cabeza más allá de distinguir una melena oscura y una cola en punta, larga y lisa que se retorcía juguetona. ¿Qué había hecho? Los párpados me pesaban demasiado, pero tenía que ver, conocer a quien me estaba arrastrando a algo que quizás bien valiera el infierno. Entonces, acaso alertada por mi gesto, se levantó, sus ojos inclementes y amarillos reflejando las velas, el rostro anguloso de virgen coronado por dos cuernos de carnero,  hombros anchos, pechos  redondos que remataban pezones rosas, caderas amplias que aprisionaban las mías conectadas en vello suave…
¿Pero qué…? Antes de que pudiera reaccionar a nada, la hermosa joven lamió sus dedos y se echó sobre mi boca desapareciendo mis dudas, atacándola con una lengua que parecían dos, mientras que su mano remontaba el ondulante vuelo a paraísos con riesgo de explotar. Su extraño apéndice se movía con vida propia, curioseando, latigueándome los muslos en un afán por facilitarle las cosas a su dueña.
Olía como debía oler la noche y sabía a sal ardiente. Cuando consideró que ya me había entretenido demasiado, su mano sujeto las mías, un brazo me rodeó como si fuera a partirme en dos, porque algo (no quise saber qué), invadiendo debajo de mi cintura lo estaba consiguiendo. Me ahogaba, dolía y me gustaba, al punto de creer que no iba a parar nunca.  Estaba tan débil, arrebatada en no deshacerme bajo de ella, que no sentí sus dientes abandonar mi oreja ni clavarse en mi cuello, hasta que el olor a sangre rompió el aire. Morí ese mismo instante en un grito, para el que existían miles de motivos…

El sol entrando por la ventana me obligó a despertar, el libro de hechizos estaba abierto sobre mi pecho. Me dolía la garganta y me sentía cansada; las velas se habían consumido por completo. Era evidente que el teatrito de bruja amateur no me había regresado al marido. Pero ahora, gracias a un impúdico desliz del subconsciente, mis fantasías se habían salido del carril habitual. ¡Genial! Ya no debía preocuparme por contarle a mi madre una nimiedad como que volvía a ser soltera. Es más, ni siquiera iba a decirle nada, que se enterara ella sola.
Tenía que admitirlo, me había dejado llevar; hechizos, demonios, amarres… todo era un fraude. Un libro viejo no iba quitarme el status de próxima divorciada, ni convertía en real lo sucedido anoche, lo había soñado todo, así de simple. Cada detalle, sabor, olor, había sido producto de mi mente… Y por Dios, si sólo había sido un sueño, quería volver a soñar con ella.

martes, 31 de marzo de 2015

Taste






(Inspirado en la canción homónima de Dirge of the Moon)
Taste- Dirge of the Moon


Luces apenas iluminando el mar encrespado de cuero y perpetua tela negra. Las mismas 
que se concentraban en el escenario frente a mí, nadando entre decenas de bailarines a 
medio ahogar en doble éxtasis y la voz grave del vocalista. 

Era sábado por la noche, aunque el tiempo no parecía tener cabida en aquél bar 
underground o “antro de mala muerte para goths” como le llamaban mis compañeros de 
escuela. No sabía si era un toquín,  guerra de bandas o una noche cualquiera, había 
terminado ahí por curiosidad.  Llevaba hora y media escondida en los rincones con una 
cerveza en la mano, pensando que quizás aquello superaba los límites de mi zona de confort 
y debía irme. No era la música, ni el ambiente de película de horror de los 90’s, ni las 
vestimentas estrafalarias….eran ellos.

No podía despegarles la mirada de encima y estaba segura que ya habían notado mi 
insistente indiscreción. Desde que los había notado, ambos de negro, uno muy elegante y 
normal, y el otro más rockero que gótico, distintos en estatura y en facciones, pero a la vez 
había algo que les daba un aire similar y siniestro… Quizás la actitud de ser más vigilantes 
que partícipes. 

Ambos espalda con espalda sostenían a dos chicas en brazos, criaturas pérdidas con 
expresiones todavía más. Parecían llevar siglos con las caras escondidas en los hombros de 
sus compañeras, y sus manos en rincones que la oscuridad no me permitía espiar. De pronto 
una de las chicas gimió… ¿o gritó? La había mordido, estaba segura. 

Aquello era demasiado, miré a otra parte; el humo, el olor a mota y las luces 
estroboscópicas volvían todo más irreal. Podría jurar que vi sus ojos brillando….
Ese lugar estaba lleno de dementes. ¿Qué hacía yo ahí? ¿Qué pretendía probar sola, vestida 
de negro, sin entender un ápice de todo lo que oía?
Hasta que comenzó esa canción.

Guitarra y voz reptaban por las paredes, conduciéndome como un hechizo, sin notar mis 
pasos, los cuerpos retorciéndose, hasta el centro de la pista; dejándome inmóvil, como una 
hipnosis en mi mente y un cortocircuito en mi piel.

Por eso no noté que ellos estaban detrás de mí, hasta que unas manos me rodearon la 
cintura y me abrieron la blusa descubriendo lo que había abajo. Segundos después tenía sus 
labios recorriéndome en suspiros el cuerpo, risas, murmullos que sacudían mis ideas 
envueltas en la melodía que explotaba de las bocinas.

Nadie parecía notarnos, todos sumidos en un trance,  menos aquellos seres de la noche con 
dedos fríos que dejaban rastros de fuego. Cuando sentí su lengua, uno de ellos había 
comenzado a lamerme el hombro, temblé  hasta el alma, y sabía que la vibración del suelo 
no tenía nada que ver con ello. 

Yo era el nuevo juguete, las chicas seguramente yacían en el suelo. La presa había 
cambiado, pero no el juego. El tacto extraviado bajo la tela, la presencia letal, las palabras 
cargadas de amenazas a toda moral y pureza.  La venganza por mi atrevimiento a mirar de 
más, el castigo tornándose recompensa en aquél paraíso oscuro. 

Percibí dientes rozando la dermis en todas direcciones. La canción embriagaba el resto de 
mis sentidos sobrecargados. El sollozo agonizante que nunca salió cuando sentí las dos 
punzadas en el cuello. Dolía, quemaba, me disolvía con el placer…con las sombras.

“Soy el aliento perdido entre el ruido, sin saber acercar todo mi yo hacía ti…”
Susurró el joven en el escenario. 
Yo había encontrado sin querer la respuesta….

lunes, 9 de marzo de 2015

Alas a los peces


Un dios nació en mi pecho para seguir dormido,
con voz y manos,
igual que  los peces nacieron con alas
para no remontar el vuelo.
Me hicieron perro que le reza a la luna,
llorándole a una estrella
que no va alcanzar nunca.
No me apendejo buscando errores,
me sé Ícaro creyéndose ave
tratando de tocar el cielo.
No tengo rostro, nombre, O fortuna,
envidio todas las voces menos la mía,
que a veces se me apaga,
luceros que los guían ciegos y felices
en pos de un ideal,
vueltos cometas y estrellas fugaces...
Me caga el soy, pero eso soy,
asco en el espejo,
esquizoide que se automanda a la chingada,
ostra queriendo ser sirena
y dejar irónicamente, de soñar.
Posdata: Odio a melodía en cuello,
con mi sangre,
todo lo que escribo.

lunes, 13 de octubre de 2014

Impíos besuqueos


Dicen que todo humano debe realizar 3 cosas: Escribir un libro, tener un hijo y plantar un árbol; hace  un año, salió a la luz un pequeño logro personal que durante mucho tiempo no me atreví a publicar. El pequeño resultado, llamado Besos Impíos, son tres cuentos, nacidos en mis locuras de adolescente, que se entrelazan de alguna manera entre sí. 
A continuación dejo un escrito hecho por la profesora y poeta María Gay, quién junto con el Secretario de Cultura, presentaron mi libro hace un año en una noche nublada, y les agradezco por ello.



Impíos Besuqueos
Por María Gay

En medio de esa ola de pseudo-vampiros cursis y brillositos, es refrescante encontrar de nuevo historias de vampiros verdaderamente hematófagos y crueles, que se complacen en torturar y amar sádicamente al género humano. Si están esperando  una linda, linda historia de amor, por favor aléjense de este libro, en él encontrarán amor, es cierto, pero no amor meloso, sino amor guerrero, un amor que trasciende a la vida y al tiempo, un amor que lucha, hiere, es herido, pero que siempre se encuentra presente como la fuerza primordial que impulsa estas historias…amor y sangre, sangre y amor…
El amor en este libro no es redención, no es un fin en sí mismo, es más una consecuencia de la vampirez, es un amor apasionado, turbulento, voraz y violento, muy acorde a la misma naturaleza de los no muertos.
Estas historias enmarcadas en la tradición del folklore y la literatura de vampiros serios, no son repetitivas y llevan de la mano al lector al mundo extraño (pero curiosamente acogedor) de Mar, donde es normal lo sobrenatural y las criaturas míticas  forman parte del entorno, así como viejas y ruinosas casonas coloniales que se transforman con la luna.
Tras adentrarnos en el universo de este libro, uno camina al anochecer lamentando la modernidad de las construcciones de Colima, esperando encontrar en cualquier umbral con chicos misteriosamente pálidos y atractivos, o jovencitas vestidas de colores lúgubres que nos atraen sin saber por qué; trastocándonos la existencia, dejando nuestro mundo y lo que creemos saber patas pa’ arriba, o quizás no tan trastocado si lo pensamos bien.
Muy pocos nacionales han escrito sobre temas vampíricos, no es un tema que cuaje con la literatura mexicana “normal” en su mayoría, pero conozco a Mar desde hace varios años, y  sinceramente no me la imagino presentándonos un libro diferente a este; es un proyecto de algún tiempo ya, y en él podemos percibir cómo ha ido creciendo, madurando, cambiando y mejorando, más o menos como un delicado vino que la espera vuelve más refinado y embriagador.
Vampiros y Mar Franco…estoy segura que muchos de los presentes coincidirán conmigo, son algo que van de la mano; de hecho estoy casi segura de que si le damos la oportunidad recorrerá la ciudades de noche, por los peores lugares buscando algún eterno que la quiera unir a su clan (o quizás ella acabe fundando su propio clan…es posible). Vampiros, Mar Franco, una gran combinación que podremos disfrutar a nuestras anchas, de noche, acurrucados, seguros… ¿o no?

Cuidado lector, o Mar Hogand, cual sirena de la literatura, te atraerá con sus cantos dulces y 
melodiosos, para después masacrarte súbitamente. Así que mucho cuidado con ahogarse entre tanto beso impío.



sábado, 31 de mayo de 2014

Manos en el balcón

Hola, tenía algo abandonado este espacio pero permítanme compensarlo. Dejen les cuento que recientemente participé en una convocatoria de cuento erótico, en la cual mi trabajo resultó ganador del segundo lugar, y salió en una pequeña antología por parte de la Universidad de Colima. Y pues aquí se los dejo, esperando que les guste.




Manos en el balcón

El plan para acreditar culturales era simplemente perfecto: ir a la función nocturna del teatro,   sentarme en el palco del último piso y jalármela mientras le veía las piernas a las bailarinas, bajo el pretexto de admirar su danza moderna. Y estaba seguro que nadie excepto yo, se sentaría ahí.
Cuando dieron la tercera llamada,  supe que tenía razón. Hasta que poco después, cuando el ambiente ya estaba caldeado, en aquella oscuridad apenas iluminada con luces azules, distinguí sus manos, como fantasmas lunares que flotaban sobre la baranda de enfrente. Sentí un hueco en el estómago, un escalofrío, una corriente eléctrica, todo a la vez. Había evidentemente alguien en el palco, y con suerte no se habría dado cuenta de mis acciones.
Las manos, pertenecían a un joven, vestido todo de negro que miraba el escenario sin reparar en nada más. Afortunadamente parecía no haberme visto, y por desgracia la imagen de sus manos de estatua colgando sobre el balcón, se adueñó  de mi cabeza.
La verdad es que la idea de que pudieran atraparme me excitaba aún más; pero pensar en ser descubierto por aquél tipo escondido en la penumbra del palco, me producía desasosiego. Habría mandado todo a la chingada y me habría ido de ahí para volver otro día, de no ser por sus manos. Tenía dos fetiches: uno eran las bailarinas en leotardos, y el otro era la piel blanca. Y esas manos eran de alabastro albino.
 ¡Puta! Yo no era gay, pero había algo en esas manos que invitaban a no dejar de verlas.  Llevar a cabo mis planes ya no era tan factible; iba a ser incomodo tratar de no pensar en mi misterioso vecino y  sus extremidades que parecían de porcelana gritando por romperse o romperlo todo a su paso.   
Rezaba internamente porque el tipo no fuera sino un fantasma, salido de algún infierno decidido a joderme,  y que cuando mirara de nuevo al palco  no se volviera a aparecer. Pero ahí estaba, con sus manos  retorciéndome la inspiración.
A media función mis ojos iban de las piernas desnudas del tablado, al horizonte de madera y poca luz que tenía frente a mí; me di cuenta que el hombre misterioso iba ganando la batalla por mi atención. Cada minuto la curiosidad sólo se incrementaba, haciendo cuestionarme por cómo sería poder verlas de cerca; corroborar si los dedos eran tan largos como se veían desde mi asiento o sólo sería ilusión ocasionada por la distancia.
Una voz sonó anunciando el intermedio. Decidí matar todas mis dudas y todas mis ansias estúpidas, y salí de mi palco para dirigirme al de él. Esperé prudentemente a que las luces se hubieran apagado de nuevo para acercarme. El tipo, elegantemente vestido de impecable negro, sentado como si el teatro le perteneciera, ni pareció darse cuenta que había alguien cerca suyo… Lo suficiente como para ver que su cara  era tan pálida como sus manos, y que ambas superaban mis más salvajes expectativas.
Eran largas más que grandes, con los dedos nudosos y de grosor perfecto. Tenían el tamaño ideal como para empuñar mi entrepierna y envolverla de hielo….porque esa piel, a la temperatura del teatro, tenía que producirme escalofríos.
Lo confieso, me había enamorado de sus manos.
Justo sentí que algo se despertaba otra vez allá abajo, cuando el sonido de una silla arrastrándose me sacó del ensueño. El hombre se levantó. Pasó sin mirarme, dejando que el olor de su loción se mezclara con el aire acondicionado… ¡Dios…¡  Sólo por esa vez, una vez y ya, en cuanto se acabara la obra me iría a ahogar en alcohol, para borrar el hecho de que acababa de ignorar a tres bailarinas semi vestidas por las manos titánicas de un hombre.
Pensar en ellas hacía que las mías comenzaran a sudar. Cerré los ojos y me abandoné a su idea, con el aire embriagado de perfume… quería lamerlas, quería restregarme contra esos nudillos que parecían de piedra… La inminente tirantez golpeaba contra mi pantalón, pulsando tanto que dolía, cuando los pasos del sujeto en cuestión resonaron en el pasillo. Traté de acomodarme en el asiento para disimular un poco,  pero noté que éstos dejaron de escucharse, y sin atreverme a voltear, no vi sus brazos moverse hasta que los tuve encima.
Sin decir nada, en un movimiento fugaz, el hombre envolvió mis manos en una suya, y las sujetó fuerte contra mi pecho en tanto la otra se encargaba hábilmente de bajarme el cierre y liberarme de todo. La sorpresa era tal que me paralicé, cuerpo y voz, quizás para mi propia suerte, o no sé qué habría hecho en el instante que sus dedos helados atraparon mi cuerpo e iniciaron el lento recorrido de arriba abajo.
Quería que se detuviera y al mismo tiempo quería que no parara nunca. De pronto me soltó, lo suficiente como para empujarme hacía adelante, sentarse en la silla y ponerme contra la baranda. Con los pantalones  caídos hasta las rodillas temblorosas, sus uñas comenzaron a recorrer todo a su paso dejándome la baja espalda llorando de calor, con su otra mano afianzándome por debajo para que no escapara, si acaso un grito.
   No había temor a ser vistos, la luz era escasa y los pisos superiores del viejo teatro eran nuestros. Él lo sabía perfectamente y me lo hizo saber en un susurro ahogado al oído, una mordida en la oreja después, un apretón de sus dedos abajo y yo daba a gracias a algún cielo raso por aquella soledad, por sus lengua bajando  por mi cuello.
Sus dedos habían dejado de trazar círculos e iniciaban el descenso por mi cuerpo, perdiendo sus dedos inquietos de saliva en partes prohibidas. Su índice parecía interminable como un collar de perlas que reptaba con la intención de acariciar un gemido, el nombre que no sabía.
Mi mente quería escaparse, correr hacía sus dedos que se afianzaban de mi vello rizado, hacía sus dientes buscando paso hacía mis huesos, a su mano húmeda abriéndose paso con cada latido del corazón. La música reverberando en el techo terminaba de llenar los huecos mentales que sus falanges de marfil no alcanzaban. Sentía las lágrimas escaparse por mi cara, las bailarinas y sus culos enormes allá abajo se  volvían borrosas, pero seguían alimentando las palpitaciones contra su mano helada y blanca, que se torcía en una curva sofocante y letal.
Temblando mudo, me deshice sobre el suelo en el último jalón,  en el último empuje, en la dentellada final, en el piso más alto del bendito teatro, que se volvió oscuro,  entre aplausos lejanos y el dolor de mis propias manos aferradas al balcón.